En España, todos bailamos flamenco y vamos a los toros; en México, todos son mariachis; en Alemania, todo el mundo bebe cerveza sin parar; los matemáticos son calculadoras humanas; todos los informáticos te pueden arreglar el ordenador… ¿Y los traductores? Os recopilamos aquí algunas creencias generalizadas de lo que un traductor debe ser y hacer, pero que no es y no hace:

1.- Cualquiera que sepa un idioma puede traducir

No, tu primo que vivió 3 años en Londres o tu amigo que habla muy bien inglés no pueden hacer el trabajo de un traductor: para ello se necesita una formación muy específica, el conocimiento profundo de herramientas y un dominio del idioma a un nivel muy diferente.

Además, por nuestra parte, en Attesor solamente contamos con traductores nativos, así que cualquiera que no tenga un idioma como lengua materna, no podrá traducirlo.

Esta idea está relacionada con la de que cualquier nativo puede traducir: tampoco es así. Ni todos los nativos conocen las herramientas y los recursos que se necesitan ni dominan el vocabulario o las estructuras que hacen falta para traducir cualquier documento.

2.- Un traductor puede traducir de todo

Para nada. Cada traductor solamente traduce en una combinación de idiomas concreta y, normalmente, tiene ciertos ámbitos de especialidad y otros en los que prefiere no trabajar. Hay textos muy generales que la mayoría de los traductores pueden aceptar, pero otros de ingeniería, de temática legal, financieros, económicos o de ciertos ámbitos artísticos con un lenguaje muy específico.

Si tu traductor es bueno, será sincero contigo y te dirá qué se ve capaz de traducir y qué no puede traducir con calidad.

3.- Todos los traductores traducen igual

En absoluto; si le envías un mismo documento a dos traductores diferentes, seguramente te devuelvas dos traducciones con el mismo contenido, pero expresado de forma diferente. Esto es porque algunos traductores tienen más habilidad para transformar un texto de origen, mientras que otros prefieren mantenerse todo lo fieles al original que pueden.

Además, cada traductor tiene unas especialidades concretas: normalmente, los traductores que son muy buenos en temas financieros no suelen ser muy buenos para traducir publicidad o arte, y viceversa.

4.- Con Google, traducir es un trabajo muy fácil

En realidad, los traductores (los buenos) no utilizan Google Translate, porque suele dar más trabajo arreglar sus traducciones que traducir un documento sin su ayuda, como explicábamos en este post.

Lo que sí utilizamos es la traducción asistida por ordenador; es decir, programas que gestionan bases de datos con terminología y traducciones previas que podemos aprovechar si ese programa detecta que hay una similitud lo bastante buena.

Esto no quiere decir que el trabajo sea más fácil, sino que, en las ocasiones en que estas herramientas nos sirven de apoyo para la traducción de un documento, se puede ir más rápido. Por eso, desde que estas herramientas se han implementado y mejorado, hemos ido ajustando los plazos y se hacen descuentos.

5.- La traducción debe ser fiel al original

La máxima por la que se rige el trabajo de cualquier traductor es “No añadir nada a lo que dice el autor, no quitar nada y no introducir cambios que puedas cambiar el sentido”. Pero también tenemos la norma de no traducir “palabra por palabra sino sentido por sentido” que ya utilizaban en la antigua Grecia.

Lo cierto es que un traductor no debe añadir ni eliminar nada en el original, pero esto no quiere decir que haya que traducir el original de forma literal. De hecho, lo más adecuado para que la traducción de destino suene natural (que parezca que está originalmente escrito en ese idioma y no traducido) es que el traductor sea capaz de transformar el texto de forma que suene como lo escribiría por primera vez un nativo.

6.- Las traducciones son caras

Normalmente, es cierto que las traducciones baratas tienen poca calidad, ya sea porque las hace un mal traductor que ofrece precios muy bajos para compensar su falta de profesionalidad o porque se hacen con traducción automática. En este sentido, las traducciones baratas suelen salir caras.

En cualquier caso, la tarifa de un buen traductor o agencia de traducción incluye una cantidad importante de trabajo: desde la misma traducción a la preparación de archivos (si es necesario), la creación y gestión de memorias y glosarios y la revisión (en nuestro caso, por ejemplo, es doble: la del propio traductor y la de otro revisor externo).

No se trata tanto de una cuestión de precio como de relación calidad-precio. Sería como comparar el precio de los restaurantes: no es comparable un McDonald’s con un restaurante de Estrella Michelin.

7.- El traductor jurado debe estar en mi ciudad

Para nada, tu traductor jurado puede estar en cualquier parte de España, e incluso en otro país.

Lo que ocurre es que, si solicitas una traducción jurada en la que sea necesario enviar el original por correo ordinario, cuanto más cerca esté el traductor, más económico será el envío. Además, si hay cualquier problema con la traducción jurada, siempre es más fácil consultar con el traductor.

Como desde Attesor centralizamos todos estos servicios (la traducción, el envío postal y el servicio postraducción), podemos trabajar con traductores jurados de toda España y de todo el mundo, con todas las garantías de validez.

8.- Los clientes siempre quieren la más alta calidad

Ojalá fuese así, pero no siempre es cierto. Es relativamente frecuente que un cliente tenga quejas de una traducción porque no la entiende. Esto suele pasar en idiomas cercanos, como el inglés o el francés.

Al ver el texto traducido, a veces el cliente se extraña de no entender nada y cree conocer un término que, por ser más parecido al español, es más adecuado. En estas ocasiones, lo que intentamos hacer es dar una explicación razonada de nuestra elección y ejemplos reales, pero es cierto que el cliente tiene la última palabra y no siempre escoge la mejor opción.

En realidad, lo más normal es que cuando solicitas una traducción, no entiendas el texto final, porque no está pensado para que suene bien a un hablante de español que sabe inglés o francés, sino para que resulte cercano a un hablante nativo de esa lengua.

9.- Traducir e interpretar es lo mismo

En la mayor parte de las ocasiones, cuando alguien nos solicita un servicio de interpretación lo que piden es una traducción. Por supuesto, por el contexto entendemos cuándo se trata de cada una, pero lo cierto es que la traducción y la interpretación son totalmente diferentes: la traducción trabaja con textos escritos y la interpretación, con discursos orales.

10.- Los traductores no necesitan diccionarios

Mucha gente cree que los traductores son diccionarios andantes y se extrañan cuando un traductor no conoce el equivalente de una palabra directamente, pero lo cierto es que el mejor traductor no es el que conoce más términos, sino el que tiene más recursos. Parte del valor de un traductor reside en la cantidad de herramientas que conoce (diccionarios, glosarios, bases de datos terminológicas…) y en su interés por buscar la palabra más adecuada, y no la primera que se le venga a la mente.

Además, los mejores traductores, al final, son aquellos que consiguen que un texto suene natural en el idioma al que se traduce. Esto no se consigue traduciendo literalmente una palabra por otra, sino siendo capaz de entender un texto como un todo y teniendo la habilidad de reestructurar sus frases.